Todos los recelos, la desconfianza, la falta de credibilidad y el desprecio de la población hacia los partidos y la clase política criolla, están más que justificados cuando estos actúan conforme un código de honor que opera a la inversa y donde los valores y principios se interpretan al revés.
Años y años de dudosas actuaciones y arreglos bajo la mesa, de campañas electorales mentirosas, de pactos y repactos que se repiten a través de la historia, han trastocado la esperanza del pueblo hacia sus dirigentes hasta convertirse en un rechazo total.
Chanchullos y maniobras ejecutados bajo cualquier pretexto a través del tiempo han convertido la palabra de los dirigentes criollos en un vertedero de mentiras y ahora, la gente, los votantes, están empezando a pasarles la factura: la credibilidad y la aceptación de los partidos de parte de la población está en cero.
“Que cuando asumamos como diputados vamos a rebajarnos el sueldo”, “que la rebaja la vamos a trasladar a los maestros y así aumentarles el sueldo”, “que vamos a luchar contra la reelección”, “que los cupones de gasolina son una barbaridad y vamos a redistribuirlos a instituciones de caridad”, “que vamos actuar con equidad y apego al ejercicio democrático”, “que los que nos gobiernan son diablos y no hay que confiar en ellos”, y bla, bla, bla.
A la hora de las piedras pómez, las promesas de campaña son papel mojado y las mentira se convierten en verdades ciertas. Nada se cumple y después de las elecciones, como dijo Manzanero: “Todo vuelve a la normalidad”. Los partidos y los dirigentes dizque de oposición de la noche a la mañana se convierten en “interlocutores válidos del Gobierno” y pronto empiezan a ver por encima del hombro a los incautos y soñadores que pedalearon incansablemente a su favor durante agitados meses de campaña electoral.
Los diputados se vuelven una especie de iluminados y los únicos capaces (según ellos) de desempeñar y acaparar cualquier cargo, incluso de lograr una que otra magistratura a la que se refieren con un no disimulado desdén pero a la que añoran alcanzar como si fuera el premio mayor de sus vidas.
¿De diputado a magistrado? Solo puede ser cierto en este desventurado país. Diputado y magistrado y pariente del líder, ¿adivinen dónde ocurre? ¡En Nicaragua! Sin sonrojarse los diputados aceptan las nominaciones a magistrados mirando con soslayo hacia el horizonte como un predestinado dispuesto a ser sacrificado en el jugoso altar de la nación.
Como esta es una maniobra que ocurre al cordón del zapato les urge eliminar rápidamente a otros posibles candidatos y por eso los aliados políticos y los antiguos cofrades de la sociedad civil se convierten en incómodos socios que al perturbar sus sueños de gloria deben ser excluidos de inmediato y de ahí que las trampas caza-bobos y emboscadas entre supuestos amigos se sucedan a cada instante.
En cambio, los abrazos, fotos, sonrisas y sobadas de leva con los sandinistas, que son los grandes electores, se convierten en una insidiosa rutina de cepillismo y alabanzas continuas. Las maniobras bajo la mesa y los nuevos pactos ahora se disfrazan como “conversaciones legítimas para fortalecer la democracia”, todo a espaldas del sufrido pueblo al que consideran idiota.
¿De diputados a magistrados?, ¡por favor!
EL AUTOR ES DIRIGENTE HISTORICO SOCIALCRISTIANO.
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